20-VI-07. La tercera edad registra ya siete de cada ocho nuevos casos. Las actuales terapias garantizan una vida normal al 75% de los afectados
La mayor esperanza de vida ha convertido la epilepsia, una enfermedad que tradicionalmente debutaba en la infancia, en un problema de salud ligado al envejecimiento, asociado a otras dolencias neurodegenerativas, como el Alzheimer. Cualquier hospital da prueba de ello. Los médicos firman en la actualidad siete diagnósticos de epilepsia en la tercera edad por cada caso que detectan en niños.
La ciencia sabe desde hace años que ésta es una enfermedad de origen físico, provocada por un funcionamiento erróneo de las neuronas y que dispone de tratamientos muy avanzados. Los pacientes que la sufren pueden llevar con ellos una vida prácticamente normal, pero no lo hacen. La mayoría, prácticamente todos, se ve obligada a mantener oculta su dolencia porque sigue siendo víctima de mitos y leyendas, del rechazo y de la incomprensión.
«Es incomprensible la actitud de la sociedad, especialmente si se tiene en cuenta que ésta es la enfermedad que con mayor frecuencia se trata en las consultas de Neurología, por detrás sólo de las cefaleas y las demencias», afirma la neuróloga Isabel Forcadas. Una de cada cien personas, a lo sumo de cada 200, sufre alguna de las cuarenta formas de epilepsia que están catalogadas. Todo el mundo conoce a una o probablemente varias personas afectadas por la enfermedad. Pero muchos lo ignoran porque su compañero de trabajo, su amigo de toda la vida, su hijo prefiere callar el secreto.
El cerebro no sufre
España contabiliza entre 200.000 y 400.000 epilépticos, pero Forcadas dice que se cree que son muchos más. «Hasta un 5% puede sufrirla de manera transitoria». La patología es tan frecuente y se presenta de formas tan distintas que muchos casos están sin diagnosticarse porque quienes la padecen ni siquiera sospechan que su problema requiera atención médica. Hay crisis tan leves que ni los propios afectados se enteran de ellas; y otras, las menos, tan rebeldes que no se controlan ni con fármacos. Las actuales terapias, potentes y avanzadas, garantizan una vida normal al 75% de los pacientes. La primera y probablemente la única imagen que a la mayoría de las personas le viene a la cabeza al oír hablar de epilepsia es la de un afectado caído en el suelo, inconsciente y tiene sacudidas incontrolables. Sin embargo, ésa es sólo la crisis convulsiva generalizada, una más entre las muchas variantes que tiene la enfermedad.

La epilepsia es una patología crónica del sistema nervioso central, que provoca contracciones musculares cíclicas. El problema surge cuando las células cerebrales, las neuronas, que son las que organizan el pensamiento, los sentimientos y las acciones del individuo, descargan impulsos eléctricos excesivos de manera intermitente. El cerebro nunca sufre por ello, salvo que se trate de crisis convulsivas generalizadas y muy prolongadas, de 20 a 30 minutos de duración, que son excepcionales.
Las causas de la enfermedad son muchas y variadas, en muchas ocasiones ni siquiera llegan a conocerse. Algunas están ligadas a los genes, otras a problemas arteriovasculares y las hay también, las más severas, relacionadas con una enfermedad llamada esclerosis mesial del lóbulo temporal.
En los niños son frecuentes las denominadas idiopáticas, cuya causa se ignora y que se controlan bien con un único fármaco. El auge de la epilepsia en los mayores se explica porque a esta edad la enfermedad aparece ligada a otras patologías, como Alzheimer, Parkinson y accidentes cardiovasculares. La cirugía se reserva sólo para casos extremos y seleccionados.
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